Estábamos a la mitad de la elaboración de nuestro resumen anual de actividades, con la idea de leerlo durante las vacaciones de forma más sosegada, cuando todo se fue al carajo la tarde del 23 de julio. Pudo haber sido una chispa, un cigarrillo arrojado desde un vehículo, un pirómano o una máquina abriendo caminos en plena prohibición. Sin embargo, el origen fue un coche que se prendió fuego a las afueras de San Martín de Valdeiglesias. En un día de peligro extremo, con altas temperaturas, baja humedad y un fuerte viento del suroeste, el incendio se convirtió en menos de una hora en un tsunami imparable. El frente avanzó por la cara norte de nuestro pueblo arrasando todo a su paso, ante la impotencia de los bomberos y la UME. Aunque lograron salvar algunas viviendas, otras casas y el monte fueron pasto de las llamas. El fuego coronó el cerro de San Esteban y sus flancos, dejando una estampa infernal frente al embarcadero.

Al día siguiente, un giro del viento hacia el oeste extendió las llamas por nuestra bonita Granjilla, las Muas, Valdeyernos y Pinos Verdes, saltando el puerto y uniéndose al foco que cruzó el pantano para arrasar Navas del Rey y Robledo de Chavela. Esta vez la tragedia no ocurrió en Almería, León, Zamora o Castellón; golpeó directamente a nuestra querida Sierra Oeste. Es una pena profunda haber perdido este paisaje por la dejadez y la pasividad, principalmente de la Comunidad de Madrid. El desastre sobrepasó de tal manera al Ayuntamiento que nuestras históricas reclamaciones (limpieza de parcelas, inventario de arbolado y aprobación del PAMIF) parecen no haber servido de nada; o quizás habrían ayudado si se hubieran tomado en serio. Lo sentimos muchísimo.
Todo lo que queríamos contaros sobre nuestro trabajo —la mejora del transporte público en la comarca, la diversificación laboral más allá del turismo, la labor de nuestras concejalas en los plenos, las investigaciones del Monasterio o la lucha firme por el feminismo y contra el racismo— ha quedado en un segundo o tercer plano. Todo se vuelve relativo cuando ves a vecinos que lo han perdido todo y deben reiniciar sus vidas desde cero. Con todo, debemos agradecer que la rápida movilización de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, la Guardia Civil, los bomberos, la UME, el equipo de gobierno local y los concejales de la oposición (a excepción del de Vox) evitara una desgracia humana mayor. Su apoyo logístico, repartiendo agua, mascarillas y comida, impidió que lamentáramos muertos o heridos graves.
Los días posteriores han sacado a la luz la mejor cara de nuestra comunidad: una enorme movilización vecinal de ayuda mutua que incluso ha llevado agua y alimento a la fauna silvestre. Ahora nos queda por delante la dura tarea de vigilar y gestionar la reconstrucción de las viviendas afectadas, los vehículos calcinados y las parcelas abrasadas. La próxima primavera el campo reverdecerá y la fauna regresará, pero tardaremos al menos dos décadas en volver a ver el entorno como estaba. Debemos actuar ya para garantizar que nuestros nietos no tengan que vivir un desastre similar. Cualquier acción futura debe alinearse con la realidad del cambio climático antropogénico, el urbanismo disperso, las medidas de autoprotección y los protocolos de emergencia. Tras la DANA de Valencia se suponía que aprenderíamos a convivir con el riesgo, pero no se aprendió nada. ¿Aprenderemos ahora?








